Repentinamente su pecho se infló, pero por el contrario de lo que cualquiera pensaría no había orgullo, satisfacción o felicidad en él, solo una sensación asfixiante y opresiva, una desesperación que caló hondo y se alojo en su corazón, pulmones y garganta. Con el tiempo, logró acostumbrarse a aquella situación aparentemente inacabable. Terminó hallando un poco de paz en el latir furioso, y un tanto doloroso, de su corazón, en su pesado respirar, en aquel insomnio recurrente y aquellas interminables ganas de correr lejos, lo máximo que dieran sus piernas, para acabar gritando lo más fuerte que pudiera. Con el tiempo, logró realizar las tareas más cotidianas y sentir que, si bien no estaba bien consigo misma, se encontraba en paz con su entorno.
No hay comentarios:
Publicar un comentario